Cuando murió mi madre
se decidió por no mostrar la cara frágil de la familia. Los cuartos cambiaron y
las tardes de domingo en donde la risa de mi hermano se entremezclaba con el
sonido del gol en la tv, construían un hogar tan común y apabullantemente
costarricense como cualquier otro. Así, la dicha se apoderaba en muchas
ocasiones del tiempo que no usábamos, dejándolo
morir entre los cuartos y las marcas de los dedos que soplaba mi tía Roberta en
la pared de entrada. Nunca nadie limpio esa pared, cada vez que uno entraba y
salía, aquellas huellas se convertían en el primer encuentro con la realidad
hogareña, con el calor tan conocido y reconfortante/limpio de nuestra casa. Como
el olor a plátano maduro en el almuerzo, que no tenía ganas de quedarse en la
cocina. Recorría la casa y el barrio por completo, para que siempre don Julio se
asomara por la vereda que daba con la ventana donde se veía cocinando a
Refugio, que le ayudaba a mi padre con el almuerzo y asuntos de pundonor
hogareños. Agitando el artesanal estuche de su arma laboral, don Julio daba
tres toques al cristal para avisar que le guardaran unas cuantas rebanadas de maduro para el café de las 3. La casa
con sus cuartos seguían palpitando los momentos – las cosas cómo cuando madre
vivía, estáticas – el aire… aún se guardaba debajo de cada cama.
Antes de la explosión
mi hermano y yo fuimos creciendo, y mi padre quedándose sordo y las huellas de
mi tía borradas por la pintura nueva y su muerte de cáncer – legada por mis
abuelos como mi madre –. Los cuartos se volvían mansos, de paisaje estéril,
cansados de aquél equilibrio corporal tan repetitivo, acostumbrándose a
sostener cada vez a menos sombras. Con el pasar del tiempo se inmutaban aún
más, y los marcos de las puertas se hacían más chicos, porque se fueron
privando de dejar entrar a dos personas a la vez. Refugio se adueño de la
silueta de mi madre y logró sacar a mi padre de la sordera, para meterlo en la
no-videncia. Desde los segundos más profanos de la casa, se escuchaban siempre
las conversaciones solitarias de mi padre con la nada y con Refugio, que era lo
mismo, aunque la nada guardaba aún más claridad para con sus respuestas. Los
cuartos llegaron a entenderse únicamente con la señora y más de una vez le
cerraron la puerta en la cara a mi hermano y mi padre. Después de un largo
periplo de soportar las rebeldías de los seres más ajenos a nuestra casa, tome
la decisión de marcharme, pero de pronto apareció mi padre, cocinando sobre el
inodoro. Entonces yo con las ganas más tristes del mundo le pregunté sobre las
modificaciones en los cuartos y de su soledad, y hasta me dio tiempo para
escupirle los zapatos con mis palabras de desprecio, por haber dejado que los
cuartos y Refugio tomaran el control de la casa. Tuve que hablar alto, por su
sordera e inevitablemente Refugio oyó. Los cuartos se nos fueron al cuerpo y
empezaron a preguntarnos por la desaparición de mi madre, de las huellas de mi
tía, de don Julio, de las risas de mi hermano, de los goles en la tv y la casa
se volvió un caos. Preguntas superpuestas unas de otras, preguntas reclamándose
suplicas por toda la casa. Mi padre se mordía los labios, empotrando la mirada
en el inodoro. Escuchaba la mitad y veía completamente todo. Refugio
recriminándome con los ojos y los labios cualquier-intención-dislocante, obligo
a mi hermano a correr en círculos, mientras agitaba los brazos hacia todo lado,
gritando “¡Basta, BASTA!”. Las vueltas alrededor de nosotros fueron aumentando
su velocidad y la casa inflándose con más fuerza. Hasta el momento donde todo explotó
y no volví a ver ya alguna pared, o persona frente a mí. En mis piernas solo se
aferraban mi padre y mi hermano. A Refugio se la llevaron los cuartos, que ya
estaban camino a la montaña y nosotros tan libres, empezábamos a entender que nos
habíamos librado de paredes, el verdadero encierro… ahora nos lo marcaban
las nubes.