Uno quema la espalda
en la ventana arrugada del fondo, se detiene en la cocina recoge el plato
descolgado de la mesa y se mece rápidamente en el dilema de romperse
o comerse el plato. Dirige el torso al baño, con las llemas
hace perceptible la segunda tapa del orificio elíptico, como Janet Leigh se oculta en la bañera esperando
voces tendidas desde el patio trasero, la hora de sacarse
el péndulo del gollete aparece en los vidrios empañados y mueve
sobriamente el tumulto metaloide sobre el lavamos porcelanario. Las risas
inversas sacuden el cerámico prodigoso al punto de entrometer la zuela del
zapato en la ciza desesperada que detiene una columna mojada en la pared. Se
prenden los carteles del techo, el cielo raso rompe con el cielo pedregoso, la
tapia acorralada se desmaya, los durmientes de la puerta se retiran a la cama,
los colores de la casa acaban con el perímetro espasmoso del espacio,
mientras el suelo da un rotundo tal vez a la corteza segadora.
Suspendido en mis propias entrañas vivo del camino imaginado, el aire penetra
cada robustez de la oreja, cumplo tres árboles en mi vista,
camino lentamente hacia la no-existencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario