sábado, 19 de enero de 2013

Repostería engendrada en las fauces de una montaña gelatinosa


 Uno quema la espalda en la ventana arrugada del fondo, se detiene en la cocina recoge el plato descolgado de la mesa y se mece rápidamente en el dilema de romperse o comerse el plato. Dirige el torso al baño, con las llemas hace perceptible la segunda tapa del orificio elíptico, como Janet Leigh se oculta en la bañera esperando voces tendidas desde el patio trasero, la hora de sacarse el péndulo del gollete aparece en los vidrios empañados y mueve sobriamente el tumulto metaloide sobre el lavamos porcelanario. Las risas inversas sacuden el cerámico prodigoso al punto de entrometer la zuela del zapato en la ciza desesperada que detiene una columna mojada en la pared. Se prenden los carteles del techo, el cielo raso rompe con el cielo pedregoso, la tapia acorralada se desmaya, los durmientes de la puerta se retiran a la cama, los colores de la casa acaban con el perímetro espasmoso del espacio, mientras el suelo da un rotundo tal vez a la corteza segadora.
Suspendido en mis propias entrañas vivo del camino imaginado, el aire penetra cada robustez de la oreja,  cumplo tres árboles en mi vista, camino lentamente hacia la no-existencia.

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