Si arrancara mi
nombre de tu cara,
permitiría dejar
entrar tu aroma a mi casa,
abriría las
puertas
y las ventanas
dejarían de ser amarillas.
Las fotocintas y
los cuadres de café,
llamarían en la
madrugada
para que converses
de sofismas
y ostensibles
temas de lagartos de mar.
Moriría por sacar
un pie de tu mente,
para que dejes
dormirte
y pintarte las
uñas con los ojos.
Si tan solo
pudieras
prestarme mi
nombre de nuevo,
te daría el tuyo
y podríamos acostarnos
tranquilos,
intercambiando
placeres corpóreos.
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