Cuando se pierde
un ojo, se camina desnudo por los confines vetustos del universo. Se
rompen los pigmeos y se arrancan las tétricas fobias de las paredes
del cielo. Doblándose el torso caminan los garabatos tuertos de angustia, por
el formidable encuentro con la vista a medio mirar. Se llevan las manecillas a
los dientes tratando de atrapar la oscuridad con sus embriagados dedos. Las
miradas son impares, igual que cada grupo de inmóviles seres que
miran al mundo solo de un costado, pero lo observan mejor que el que con tres,
se olvida de sus otros dos.
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