A toda mujer perseguida en lo oscuro,
con la osadía varonil de no mancharse la
camisa.
Ella asfixiada,
trataba de ocultarse entre sus senos la fuerza incontrolable y sus
brazos casi desgarrados, escupían frases acompañadas de recuerdos
paternales, sueños concebidos en sueños, y avalanchas que se precipitaban en la
terraza de su mente.
Proyectaba los
últimos pensamientos, en el rodapié masacrado por los perros, en cada
microparticula del tiempo, iban deslizándose imágenes amorfas, que provenían de
sus rodillas a punto de estallarse.
El cumpleaños
16, la ropa interior de vuelos ajustados, las noches que dormía y las noches
que soñaba, iban empañándose con el peso de sus hombros y el castigo en sus
caderas.
Sintió anhelos
como nunca antes, que pendían de paredes enmudecidas, arañadas y asestadas por
cuerpos involuntarios. Esas sudorosas paredes que lloraban sangre y ya no
tenían como volver el rostro, eran cómplices del acto que se clonaba noche a
noche, en días acostados.
Aquellos anhelos
puestos en el último mar que escapo a sus ojos, intentaron salvar el eclipse,
por el contrario aumentaron la intensidad mortífera de la escena, acortando los
segundos establecidos desde el marco de la puerta.
Las gotas, los
silbidos, las patas de un comemaíz en el cielo raso, se convirtieron en el
soundtrack de la película, en la cual era parte y expertadora, donde el guión
se le daba con señas en su cuerpo, pellizcos en su mente y palabras
interpuestas en sus cavidades entreabiertas.
Todo se detuvo,
su cuerpo sublimado le dejo sola y a oscuras, guardada en algún libro con un
nombre de números millones y decesos, en sábanas seculares, en portarretratos
floreados, cobardía en pos de taparnos las manos de la verdadera verdad.
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