La noche entrometida
en el viento,
brincaba de un lado a otro
entre vociferaciones caninas
y estrellas apuntadas en las calles.
Los caminos repetidos
sacudían el polvo con la niebla,
mientras que latas de zinc
disponían de un golpeteo constante de gotas
casi tristes,
casi llanas,
casi secas.
La importancia de las nubes giratorias era nula,
la imponente redondez de aquella luz
vastaba para sentarse a ver los pomulos del cielo
y cuestionarse la prepotencia
con que se camina por las noches.
Encendimos las velas
y nos miramos las palmas de las manos,
aquellas lineas
entre vociferaciones caninas
y estrellas apuntadas en las calles.
Los caminos repetidos
sacudían el polvo con la niebla,
mientras que latas de zinc
disponían de un golpeteo constante de gotas
casi tristes,
casi llanas,
casi secas.
La importancia de las nubes giratorias era nula,
la imponente redondez de aquella luz
vastaba para sentarse a ver los pomulos del cielo
y cuestionarse la prepotencia
con que se camina por las noches.
Encendimos las velas
y nos miramos las palmas de las manos,
aquellas lineas
se
perdían en los brazos
y asomaban en la frente,
con los dedos nos tapamos los ojos
y salimos desnudos a mojarnos las rodillas,
acostados bajo la estatua oscura,
permitimos al circulo blanco
atestiguar nuestro eterno eclipse de luna.
y asomaban en la frente,
con los dedos nos tapamos los ojos
y salimos desnudos a mojarnos las rodillas,
acostados bajo la estatua oscura,
permitimos al circulo blanco
atestiguar nuestro eterno eclipse de luna.
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