Uno puede tener
diez noches en dos días,
cuando al abrir
los ojos en la mañana,
aún no haya
amanecido,
donde las
palabras guardadas
aún dan miedo y
nos marean el paso.
Uno puede tener
diez noches en dos días,
donde la ventana
abierta del cuarto,
es la alarma
para levantar el cuerpo
y no el viento
nasal pegado a la espalda,
cuando el primer
saludo del día es mecánico,
mentiroso,
forzado,
atrapado,
y frente a un
cristal transparente.
Uno puede tener
diez noches en dos días,
cuando el
noticiero me atraganta el almuerzo,
el
pensamiento y el habla,
cuando las
gentes me enseñan los dientes,
y sus dedos
brillantes de hipocresía,
cuando parece
haber un cuello de botella
en las lagrimas,
cuando llega la
noche
y yo aún
no he empezado
el día.
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