viernes, 18 de enero de 2013
Soliomare
Cuando saboreo un olor nuevo - esos que ya casi no salen en las revistas- allá en los bosques primarios del Socorinio, no es como si realmente quisiera probarlo, es más una parte de análisis estrecho entre sí es aire o viento. Al cabo de unos segundos, puedo deducir -siempre y cuando usando los métodos respectivos que me enseño el hombre de bata- que no se asemeja a ninguno de estas dos mezclas, tanto así que he escrito en una hoja blanca y cortada en las esquinas, el nombre de este gas tan atrayente. Baraje ciertos apelativos para el mismo, tenían que anteponerse a cualquier otro nombre, tenían que poseer una fuerza majestuosa donde -- aire o viento -- empezaran a celar aquel gas tan impetuoso y tibio. Camine hacía el tronco oculto en la maleza y de pronto algo siniestro empezó a tomarme por las muñecas, agitando los arboles y volcando las aguas de los ríos hacía donde me encontraba. En mi nariz sucumbió un nuevo hedor, aglutinando por dentro todo mi cuerpo. Aquella hoja se desplazo hasta las manos de una sombra que entre dientes murmuraba el nombre del gas, del nuevo gas, de mi gas. El bosque murió en tres segundos, los vientos y los aires habían tomado el lugar, casas de 40 pisos se acomodaron en vez de arboles, largas líneas negras y duras ocuparon los ríos, el gas, el nuevo gas, mi gas, se perdió entre el aire y el viento, y todo empezó a oler como antes, así como huele cualquier cosa que con olor muere.
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