miércoles, 30 de enero de 2013

Jaula para las manos


Cuando murió mi madre se decidió por no mostrar la cara frágil de la familia. Los cuartos cambiaron y las tardes de domingo en donde la risa de mi hermano se entremezclaba con el sonido del gol en la tv, construían un hogar tan común y apabullantemente costarricense como cualquier otro. Así, la dicha se apoderaba en muchas ocasiones del tiempo que no usábamos,  dejándolo morir entre los cuartos y las marcas de los dedos que soplaba mi tía Roberta en la pared de entrada. Nunca nadie limpio esa pared, cada vez que uno entraba y salía, aquellas huellas se convertían en el primer encuentro con la realidad hogareña, con el calor tan conocido y reconfortante/limpio de nuestra casa. Como el olor a plátano maduro en el almuerzo, que no tenía ganas de quedarse en la cocina. Recorría la casa y el barrio por completo, para que siempre don Julio se asomara por la vereda que daba con la ventana donde se veía cocinando a Refugio, que le ayudaba a mi padre con el almuerzo y asuntos de pundonor hogareños. Agitando el artesanal estuche de su arma laboral, don Julio daba tres toques al cristal para avisar que le guardaran unas cuantas rebanadas de maduro para el café de las 3. La casa con sus cuartos seguían palpitando los momentos – las cosas cómo cuando madre vivía, estáticas – el aire… aún se guardaba debajo de cada cama.
Antes de la explosión mi hermano y yo fuimos creciendo, y mi padre quedándose sordo y las huellas de mi tía borradas por la pintura nueva y su muerte de cáncer – legada por mis abuelos como mi madre –. Los cuartos se volvían mansos, de paisaje estéril, cansados de aquél equilibrio corporal tan repetitivo, acostumbrándose a sostener cada vez a menos sombras. Con el pasar del tiempo se inmutaban aún más, y los marcos de las puertas se hacían más chicos, porque se fueron privando de dejar entrar a dos personas a la vez. Refugio se adueño de la silueta de mi madre y logró sacar a mi padre de la sordera, para meterlo en la no-videncia. Desde los segundos más profanos de la casa, se escuchaban siempre las conversaciones solitarias de mi padre con la nada y con Refugio, que era lo mismo, aunque la nada guardaba aún más claridad para con sus respuestas. Los cuartos llegaron a entenderse únicamente con la señora y más de una vez le cerraron la puerta en la cara a mi hermano y mi padre. Después de un largo periplo de soportar las rebeldías de los seres más ajenos a nuestra casa, tome la decisión de marcharme, pero de pronto apareció mi padre, cocinando sobre el inodoro. Entonces yo con las ganas más tristes del mundo le pregunté sobre las modificaciones en los cuartos y de su soledad, y hasta me dio tiempo para escupirle los zapatos con mis palabras de desprecio, por haber dejado que los cuartos y Refugio tomaran el control de la casa. Tuve que hablar alto, por su sordera e inevitablemente Refugio oyó. Los cuartos se nos fueron al cuerpo y empezaron a preguntarnos por la desaparición de mi madre, de las huellas de mi tía, de don Julio, de las risas de mi hermano, de los goles en la tv y la casa se volvió un caos. Preguntas superpuestas unas de otras, preguntas reclamándose suplicas por toda la casa. Mi padre se mordía los labios, empotrando la mirada en el inodoro. Escuchaba la mitad y veía completamente todo. Refugio recriminándome con los ojos y los labios cualquier-intención-dislocante, obligo a mi hermano a correr en círculos, mientras agitaba los brazos hacia todo lado, gritando “¡Basta, BASTA!”. Las vueltas alrededor de nosotros fueron aumentando su velocidad y la casa inflándose con más fuerza. Hasta el momento donde todo explotó y no volví a ver ya alguna pared, o persona frente a mí. En mis piernas solo se aferraban mi padre y mi hermano. A Refugio se la llevaron los cuartos, que ya estaban camino a la montaña y nosotros tan libres, empezábamos a entender que nos habíamos librado de paredes, el verdadero encierro… ahora nos lo marcaban
las nubes.  

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